El ocaso de la Primavera Árabe
Emiliano Guido
OTRAS NOTAS
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Las fuerzas de seguridad abrieron fuego contra los miles de manifestantes que este viernes a la salida de las mezquitas, protestaban contra el régimen de Bashar Al-Assad en diversas ciudades sirias, dejando un saldo de al menos doce muertos, según el Observatorio sirio de derechos humanos. Los denominados Comités de Coordinación Locales de Siria, cifraron el número de fallecidos en diecinueve.
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La llamada revolución o primavera arabe tiene desde hace algunas semanas un nuevo invitado: Siria. Como reza un dicho en la región, no habrá guerra en Medio Oriente sin Egipto, pero no habrá paz sin Siria, de ahí la importancia del país Medio Oriental. Siria ha sabido mantenerse como un actor fundamental de la región, a pesar de no ser un país productor de petróleo, ni de ser un país con un PBI importante, ni ser un país con una gran población como lo es Egipto.
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Hay países en los que el acceso libre a Internet no es un derecho. Es, más bien, un instrumento temido por los regímenes, que hacen lo posible por bloquearlo, restringirlo o coartarlo en un vano intento de que los internautas no puedan ver más allá de las limitaciones. Ocurría en el Irak de Sadam Husein, en el Túnez de Ben Ali y en el Egipto de Hosni Mubarak, ocurre en Irán, en Libia, en Bahrein, en Arabia Saudí, en prácticamente todo el mundo árabe -con las excepciones libanesa y palestina- y, por supuesto, ocurre en la Siria de Bashar Asad.
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En la novela Kim de la India, el escritor británico Rudyard Kipling (1865-1936), acuñó el término “el gran juego” para describir las maniobras del espionaje europeo en su intento de dominar a los pueblos de Asia Central, desde Afganistán hasta Turquía para apoderarse de la ruta de la seda durante el siglo XIX. Aquella guerra de intrigas que también fue bautizada “el torneo de las sombras” parece reeditarse ahora en el Medio Oriente y tiene su epicentro en Siria.
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El mundo mira estos días a Siria donde cada manifestación de un “Viernes de Grandeza”, concluye como “Viernes Sangriento”, con cifras que superan los centenares de muertos. Con las protestas sacudiendo el país, la brutal brecha entre la versión oficial y la realidad en las calles se profundiza minuto a minuto. La televisión estatal siria no ha mostrado un solo civil muerto ni el funeral de ninguno de los 320 manifestantes asesimados em el último mes.
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Después de varios días de titubeos, el presidente sirio, Bashar el Assad, anunció una remodelación del Gabinete dimisionario, optando por la presencia en el nuevo Ejecutivo de políticos fieles, pertenecientes a la nomenclatura del Partido del Renacimiento Árabe Socialista (Baath). Pocas caras cambian, pues, en el Gobierno de Damasco; pocas opciones de auténtica liberalización se divisan en el horizonte político del país de los omeyas.
En sus crónicas sobre el desierto de Sáhara, el premiado periodista Ryzard Kapuscinski describía el alucinante fenómeno del espejismo. “Cuando, por fin, calmé mi sed, el horizonte recuperó su aspecto llano, vacío y muerto; mientras los colores del verde paisaje se desteñían y palidecían. La sucia agua del Sáhara me permitió seguir vivo pero me arrebató la visión del paraíso”, escribió la célebre pluma polaca en una pieza titulada Salim. En los países del mundo árabe-musulmán parece sobrevolar el mismo truco ilusorio. A inicios de este año, la región era sacudida por revueltas civiles históricas. Los analistas conjeturaban sobre la caída de otro Muro de Berlín y se fascinaban con los jóvenes movilizados y cómo sus smart-phones corrían el velo represivo de los regímenes autocráticos. Apenas unos meses después, ese fulgor se esfumó y dio paso a una transición política “desteñida y pálida”, tomando las palabras de Kapuscinski.
Por lo pronto, los hechos de esta semana en tres países significativos confirman que tras los primeros centelleos de la Primavera Árabe está quedando un paisaje ocre y raído. En Egipto y Marruecos, el cronograma electoral esta hegemonizado por formaciones islámicas ortodoxas y conservadoras. Mientras tanto, el panorama de Siria no es mucho más alentador. Las escaramuzas entre el régimen de Bashar Assad y unas formaciones militares irregulares de signo ideológico dudoso parecen replicar lo que ocurrió meses atrás en Libia, donde Occidente jugó un papel decisivo. La democracia real, el giro copernicano, el fin de los tiranos de la calle árabe: ¿Existieron? ¿Fueron acontecimientos de carne y hueso? ¿O sólo fue una bruma irreal? ¿Un paraíso fugaz, finalmente, desvanecido?
El Cairo, Rabat, Damasco. En Egipto, el dentista de 31 años Ahmad Harara es el testigo perfecto de la continuidad entre el régimen depuesto de Hosny Mubarak, derrocado en febrero, y el que lo reemplazó, comandado por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Durante la rebelión de enero de 2011, una bala de perdigón disparada por la policía le arrancó un ojo a este mártir cairota. Luego, el pasado 19 de noviembre, durante la segunda era de las grandes movilizaciones, Ahmad perdió el otro ojo en otra represión del Ejército. Mientras tanto, en uno de los ángulos de la emblemática Plaza Tahir, colgada de un poste, una pancarta del movimiento juvenil intenta consolarlo: “Ahmed Harara, ahora somos tus ojos”.
Así están las cosas en El Cairo, la protesta civil quedó eclipsada por un cronograma electoral legislativo donde el conteo de votos de estos días determinó que siete de cada diez sufragios terminó en manos de los partidos islamistas. Nadie aventuraba un resultado de un tono político tan apagado para las fuerzas seculares y progresistas. Incluso, la mayor sorpresa estribó en que el segundo lugar entre los ganadores del comicio, detrás de Los Hermanos Musulmanes, fue para la Alianza Islámica, una formación ultra-reaccionaria y teocrática que exhorta a las mujeres a usar el niqab –un velo negro que las cubre de pies a cabeza, excepto los ojos– y que entiende como sacrílegos ciertos placeres mundanos como tomar alcohol o ver espectáculos deportivos en la televisión.
Por otro lado, Marruecos –país que abrió la serie de revueltas de febrero junto a Túnez– vive un proceso de transición institucional muy parecido al de Egipto. Con una diferencia, en vez de ser las Fuerzas Armadas el garante de la estabilidad, el papel de árbitro mayor está en manos de la monarquía. Pero, nuevamente, asoma un partido islamista como vencedor electoral. Concretamente, el Partido Justicia y Desarrollo, un bloque conservador que apostó siempre por la integración entre el sistema de partidos y el monarquismo a ultranza, resultó clarísimo ganador en los comicios de fines noviembre al obtener 107 bancas sobre 395 del total del Parlamento.
El dilema político abierto, entonces, para el movimiento democratizador de Marruecos parece ser el mismo que enfrentan los jóvenes blogueros y las capas medias urbanas de Egipto. Como advierte el periodista Ilya Topper del portal informativo Mediterráneo Sur: “El objetivo es cambiar el sistema político pero es imposible revitalizar una democracia parlamentaria con los actuales partidos marroquíes. Entonces, lo que falta es saber cómo se puede llegar de un boicot electoral a una democracia parlamentaria verdadera. Es el nudo gordiano que los movimientos del 20-F Marroquí no han aún sabido resolver. Pero ahora, al menos, queda una esperanza: al instalarse en el poder los representantes de una ideología antidemocrática, opuesta a las libertades ciudadanas, al menos se aclararán los frentes en disputa”.
Finalmente, Siria y el gran interrogante de si “sus combatientes por la libertad y el cambio” son, en realidad, ventrílocuos de las potencias de Occidente, como ocurrió en la ex Libia de Muammar Khadafi. Por estas horas, salvo en Damasco –donde el gobierno de Bashar Assad controla la situación– los enfrentamientos militares entre el Ejército y El Consejo de la Oposición se recrudecen tanto como la guerra informativa. Cada parte, por lo tanto, exporta al mundo noticias de difícil chequeo, ya que son pocos los corresponsales extranjeros asentados en el lugar, y en esa nebulosa no es fácil determinar fielmente a quién favorece la relación de fuerzas.
Pero, hay algunas certezas en el teatro sirio y es que, mientras el número de muertos por las protestas va in crescendo, es que el régimen entró en zona de riesgo. Occidente mueve sus piezas porque especulan que tras la caída de Siria, se aliviana el camino hacia una intervención en Irán pero las torpezas de del gobierno de Bashar Assad contribuyen al malestar general. “Damasco sigue con sus mensajes torcidos, exasperando a los mismísimos rusos y chinos, que no saben ya cómo justificar su apoyo a los Assad, y creando un clima de inseguridad total en toda la región. La Liga Árabe, conformada mayoritariamente por regímenes autoritarios y corruptos está asombrada: la vacua soberbia de los representantes sirios les ha facilitado la tarea, hasta el punto de que ya no se sabe si el régimen de Damasco estuviera pidiendo a gritos una intervención militar”, entiende el colega Ignacio Gutiérrez del portal Rebelión.
Egipto, Marruecos, Siria. Hasta el momento, las malas hierbas dominan el calor de la Primavera Árabe.







Por David Cufré


