Por:
Marcelo Zlotogwiazda
En el mismo momento en que Cristina Fernández y Dilma Rousseff acordaban en Caracas la creación de un mecanismo de integración productiva tendiente a amortiguar el impacto de la crisis internacional y a proteger a ambas economías de los excedentes de exportación que China (primordial pero no exclusivamente) podría querer volcar hacia esta región, se desarrollaba en Buenos Aires un seminario en el que dos prestigiosos intelectuales de la Argentina y de Brasil coincidían en la necesidad de que los dos países aúnen esfuerzos.
Por un lado Juan Gabriel Tokatlian, experto en relaciones internacionales de la Universidad Di Tella, se preguntó qué debería hacer la Argentina con un “Brasil exitoso”, para responder “una alianza estratégica”. Luego Rubens Ricupero, dos veces ministro en Brasil y con larga carrera diplomática (fue embajador y también secretario general de la Unctad), señaló que “Brasil y Argentina deben plantearse de manera conjunta, y no individualmente, cómo integrarse al mundo”.
Pero lo más interesante no fueron las coincidencias. Ricupero provocó al auditorio convocado por la consultora Abeceb diciendo que “se exagera lo bien que está Brasil”. Pese a que acuerda con los pronósticos que vaticinan un crecimiento de entre 3 y 4 por ciento para el año próximo, señaló que “el país tiene problemas estructurales y de competitividad” y una “tasa de inversión baja”, que equivale a sólo 18 o 19 por ciento de su Producto Bruto. Advirtió que Brasil está “en riesgo de desindustrialización” y que cada vez más “el crecimiento de la demanda interna está siendo capturado por los chinos”. Ejemplificó con el dato de que en octubre pasado se contrajo la producción industrial a pesar de que fue el mes con mayor nivel de empleo, y por ende de demanda, de la historia. Según él, eso sucede porque “cuando hay problemas de competitividad, la demanda no genera inversión” porque, entre otras razones, las multinacionales y las grandes compañías nacionales se transforman en importadoras. Fue muy enfático en cuestionar los modelos de integración al mundo basados en commodities porque “es peligroso creer que se puede vivir siempre de las ventajas naturales” y porque “la agricultura no genera la necesaria cantidad de empleos”. Por eso, insistió en que “la industria es indispensable”.
Su preocupación está más que fundamentada. Ese mismo viernes pero por la tarde, se conocieron los datos oficiales sobre el comercio exterior brasileño de los primeros once meses del año, que mostraron un fortísimo salto en el superávit (de 14.800 en 2010 a 26.000 millones de dólares en 2011), pero motorizado principalmente por la extraordinaria dinámica de las exportaciones de productos básicos, que aumentaron de un período a otro casi un 40 por ciento hasta alcanzar los 112.000 millones de dólares, que ya representan el 47,9 por ciento del total de lo que se exporta. La tendencia hacia la primarización de las exportaciones se puede observar en que el peso de los productos primarios en los primeros once meses del año pasado había sido de 44,4 por ciento.
El imponente avance de las materias primas en Brasil también se puede mostrar con los siguientes datos:
- La exportación de mineral de hierro (insumo básico para la siderurgia) aumentó en los once meses de este año un 50 por ciento en relación a igual período de 2010, y sumó 38.140 millones de dólares.
- La de petróleo crudo subió 42 por ciento y llegó a 19.000 millones.
- La de soja en grano un 43 por ciento y alcanzó los 15.600 millones.
- La de café un 59 por ciento hasta 7.250 millones de dólares.
Como parámetro comparativo se puede tomar en cuenta que esos cuatro productos le reportan a Brasil tantas divisas como el total de las exportaciones argentinas.
También en la Argentina las exportaciones tienen un creciente componente de materias primas. Los últimos datos oficiales indican que en los primeros diez meses del año la exportación de productos primarios aumentó un 33 por ciento, superando a los otros rubros. Por su parte, la exportación de manufacturas de origen industrial (netas de la venta de oro) viene perdiendo peso (30,8 por ciento en 2010 y 30,5 por ciento este año) y ya están bastante por debajo de la exportación de manufacturas de origen agropecuario.
La Argentina tiene como problema adicional que el principal destino de sus exportaciones industriales es Brasil. En el período enero-octubre Brasil recibió el 20 por ciento del total de exportaciones argentinas, pero el 45 por ciento del total de las exportaciones de manufacturas de origen industrial. Y como se vio, en Brasil hay una tendencia hacia la primarización, que podría resentir la demanda de insumos industriales argentinos de manera directa, o quizás inducirlos a adoptar políticas sustitutivas que afecten la industria argentina.
A lo anterior hay que agregar que el comercio bilateral arroja para la Argentina un saldo negativo en ascenso, que pasó de 2.600 millones de dólares en los primeros diez meses del año pasado a 3.800 millones en igual período de este año (los datos brasileños marcan que el saldo negativo hasta noviembre trepa a los 5.300 millones).
Considerando ese contexto de desequilibrios y de problemas de primarización común a ambos países, resalta la importancia de la intención de Cristina y Dilma de establecer un mecanismo de integración productiva. Pero ese mismo contexto de dificultades compartidas e interdependencia sesgada a favor de Brasil, da la pauta de lo complejo que será concretar el objetivo que acordaron en beneficio mutuo.
Ahora que Joseph Stiglitz pasó otra vez por aquí, viene bien recordar una cita suya que hizo esta columna hace tres meses: “La Argentina debe diversificar más su economía e invertir en sectores de alta tecnología, porque hoy todavía es un país dependiente”, había dicho el Premio Nobel durante un encuentro en Alemania. La recomendación se hace extensiva a Brasil.







Por David Cufré


