Primera vez del “Día del respeto a la Diversidad”

SOCIEDAD /  El próximo miércoles 12 de octubre, una fecha que tradicionalmente se la denominó en varios países latinoamericanos como “Día de la Raza”, dejará su lugar al “del Respeto a la Diversidad Cultural”, sacándole un contenido racista y eurocéntrico.
10.10.2011 | 16.17 |   FacebookTwitter

Por primera vez en nuestro país se celebrará el “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”.

El feriado “correspondiente al 12 de octubre será renombrado como Día del Respeto a la Diversidad Cultural”, precisó la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hace un año cuando envió al Parlamento el proyecto de ley que fijaba 15 feriados nacionales, que concluyó siendo el decreto 1584 del 2 de noviembre de 2010.

Esta nueva denominación se inscribe dentro del espíritu del artículo 75 de la Constitución Nacional, que reconoce la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos, la personería jurídica de sus comunidades y la posesión y propiedad comunitaria de las tierras que ocupan, entre otros derechos.

En Argentina la denominación Día de la Raza fue establecida por decreto del entonces presidente Hipólito Yrigoyen en 1916 como una reivindicación de la labor española en América, y buscando la reafirmación de la identidad hispanoamericana frente a Estados Unidos que avanzaba hacia el sur imponiendo su influencia en la región.

Para ese momento, España ya había establecido en 1913 la denominación de Día de la Raza, recordando con nostalgia su pasado imperial del que Latinoamérica se había liberado un siglo atrás, con el objetivo de afianzar lazos entre España y América latina. La mayoría de los países de la región adoptó ese nombre, durante las primeras décadas del siglo XX, identificado a la vez con la idea europeísta de “Descubrimiento de América”.

En la actualidad algunos países como México, Chile, Uruguay y Colombia, continúan con la misma denominación, en tanto Bolivia, Perú, Venezuela y Ecuador nombran a esa fecha de otro modo marcando un cambio en la mirada histórica e ideológica de la conquista y dominación española que se inició hace 519 años.

En este sentido, el Movimiento Indígena Latinoamericano declaró al 12 de octubre como Día de la Resistencia Indígena, y algunas organizaciones mencionan al 11 de octubre como el último día de libertad de los pueblos originarios.

Por su parte, en Cuba “no se celebra el 12 de octubre, sí el 10 de octubre porque fue el día que empezó la guerra de independencia contra España en 1868″, aseguraron fuentes de esa embajada.

En Venezuela se cambió la denominación en 2002 por medio de un decreto que establece conmemorar el 12 de octubre de cada año como “Día de la Resistencia Indígena”.

El objetivo es “reconocer nuestra autoafirmación americanista por la unidad y diversidad cultural y humana”, asegura el decreto presidencial, a la vez que establece “iniciar la revisión de los textos escolares” de geografía e historia.

En Bolivia, la embajada publicó en los últimos días que el viceministro de Descolonización, Félix Cárdenas, informó que “la Comunidad Andina de Naciones (CAN) decidió que el 12 de octubre se declare `Día Continental de la Descolonización`, para impulsar un profundo proceso de cambio en todo el continente”, al tiempo que reivindicó la construcción del Estado Plurinacional.

En Perú, la fecha se celebra como el “Día de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural” establecido “por la ley 29421 del Congreso que promulgó el presidente Alan García” el 9 de octubre de 2009, aseguró la embajada a Télam.

En Ecuador se celebra el 12 de octubre bajo la denominación de “Día de las Culturas”, desde el año pasado.

Mientras tanto España, que buscó renovar y agiornar criterios sobre la conquista peninsular, acordó en 1992 celebrar los 500 años de la conquista bajo el lema de “Encuentro de Culturas”, buscando desdibujar su carácter violento e imperial.

Los pueblos originarios y muchos pensadores rechazaron la idea de “encuentro”, ya que volvía a “encubrirse” la historia de dominación, desestructuración, explotación y destrucción que llevó adelante la conquista y colonización de América, provocando el mayor genocidio de la historia.

Lejos de este cuestionamiento y de una reparación histórica, España reivindica aquella misión y coloca al 12 de octubre en un lugar central de sus celebraciones como “Fiesta Nacional de España”, desde 1987, luego de haberla instaurado como “Fiesta de la Raza” en 1918 y modificarla en 1958 por “Fiesta de la Hispanidad”, hasta tomar la denominación oficial actual.

 

 
Diario Tiempo Argentino
HACIA EL 23 DE OCTUBRE

¿Viraje nacional o cambio de modelo?

Publicado el 10 de Octubre de 2011

Por Alejandro Horowicz
Periodista, escritor y docente universitario.

Estas elecciones sirven para que las fuerzas retardatarias pierdan, reduzcan su eficacia neutralizante, pero imponen a las otras una enorme responsabilidad histórica: moldear un nuevo programa, y el orden político que tal novedad requiere.
Pareciera una hipótesis excesiva, y por cierto en no pocas oportunidades termina siéndolo, pero una cosa es que a diario haya o no novedades y otra distinta cada cuánto registramos el rango de alguna novedad significativa.

Para que suene más próximo: las encuestas serias señalan que el 70% de los argentinos no presta demasiada atención a las elecciones del 23 de octubre. La campaña electoral, de algún modo hay que llamarla, no inquieta a nadie; y salvo los que tienen que pagar las abultadas cuentas de gastos, muy pocos reparan en ella. Tanto, que los columnistas políticos se ven en figurillas para encontrar un abordaje “atractivo”, que añada algún suspenso, a un resultado tan arrollador como esperado: entre el 52 y el 55% de los votos serán para Cristina Fernández. Entonces, concluyen sin mucho entusiasmo, aquí no pasa nada, sólo se vota por tercera vez para presidente después de la catastrófica crisis de 2001.

Me voy a permitir disentir con tan extendido como insuficiente punto de vista. Si se comparan los votos emitidos en las elecciones de 2003, con las de 2007 y las primarias de 2011, se verifican cambios que merecen ser analizados.

En 2003 el universo electoral peronista (los tres candidatos presidenciales, Carlos Saúl Menem, Adolfo Rodríguez Saá y Néstor Kirchner) superaba el 61% del total de votos emitidos. En cambio, el universo electoral radical (la UCR, Elisa Carrió y Ricardo López Murphy) obtenía algo menos del 33 por ciento. Este comportamiento seguía el siguiente patrón: si bien la UCR era penalizada por el estallido (2,34% de los votos emitidos, apenas 450 mil votantes), Menem (garante de la Convertibilidad, y beneficiario de sus “bondades”) había recogido 4,74 millones de votantes, ganando la primera vuelta con el 24,45% del total.

La sociedad pensaba, en una elevada proporción,  que el “virtuosismo instrumental” del dirigente riojano facilitaría una vuelta al “modelo”, y que la inepcia radical no afectaba a todos por igual: entonces, pese a que López Murphy había sido ministro de Fernando de la Rúa, terminó obteniendo más de 3 millones de votos, seguido de muy cerca por Elisa Carrió.

En 2007 las cosas ya no son iguales. El universo electoral radical asciende al 41,38% de los votos emitidos, y el peronista desciende al 53 por ciento. A resultas del avance radical, Carrió sale segunda, detrás de Cristina Fernández, con 4,40 millones de votos. La dirigente chaqueña cepilla definitivamente a López Murphy, quien inicia su camino a ninguna parte, al tiempo que la UCR, con Roberto Lavagna, obtiene más de 3 millones de votos. La recomposición radical parece un acontecimiento posible, y el desagio peronista  no sorprende demasiado: es un posible producto de la pérdida del voto conservador, sobre todo porque la fórmula fue  encabezada por una mujer.

Los tantos se iban aclarando, y Lavagna, ministro de Economía de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, insinuaba, al igual que el perfil todavía progre de Carrió, la ruta radical: crítica al gobierno, sin cruzar el Rubicón. Algo parecía cierto, a cuatro años de una catástrofe nacional, los dos partidos históricos habían salvado la ropa: ninguna fuerza nueva emergía de ese escenario nacional. ¿Era tan así?

En 2011 las cosas vuelven a mutar. Las primarias del 14 de agosto registran un viraje brutal, el universo del voto peronista se expande hasta el 68% de los votos emitidos (récord histórico total que ni el General Perón alcanza) y el universo del voto radical apenas supera el 15% (otro récord absoluto), de modo que el orden político realmente existente ha fagocitado a uno de sus actores, y esto no puede no atribuirse a la responsabilidad de su dirección nacional. La trabajosa reconstrucción que Ricardo Alfonsín y Margarita Stolbizer impulsaron no sólo se detuvo, sino que sufrió una involución inaudita, habida cuenta de que el radicalismo no gobernó la sociedad argentina. Una pregunta va de suyo: ¿qué pasó?

 

LA BATALLA IDEOLÓGICA. Desde el momento en que el gobierno nacional propició un sistema de retenciones variables para las exportaciones de soja, la famosa resolución 125, una ola de furia recorrió a los propietarios –y no sólo a ellos– del campo argentino. La idea de que el “precio” se fija en las pizarras del mercado de Chicago, y que no tiene nada que ver con la paridad cambiaria, por ejemplo, no admitía argumento en contra. El razonamiento implícito estaba sostenido en la ilusoria “continuidad de la Convertibilidad”. Por tanto, los propietarios actuaban como si les metieran la mano en el bolsillo (robo directo, confiscaciones inconstitucionales, despilfarro e incompetencia, prebendismo peronista, etc.) dejando entrever que ningún interés resultaba superior al propio. Es decir, los disvalores menemistas mostraban su vigencia incontestable, y las exclusas de la cloaca gorila nos hicieron conocer sus últimas perlas. Por eso la arrolladora candidata de hoy era “la yegua”  para la señora con mucama uniformada que levantaba el cartel de “Dios y el campo” por la calle Santa Fe.

Entre ese punto y hoy, se libraron tres batallas parlamentarias: la conformación del Grupo A, dirigido por Felipe Solá y Elisa Carrió, la Ley de Medios audiovisuales y la ley por el matrimonio igualitario. El tríptico se desarrolló en dos escenarios contrapuestos: la tapa de los medios y la pantalla de la TV, uno; la experiencia personal de cada uno, dos. La distancia entre ambos alcanzó muchas veces un rango desusado, y esto afectó la relación entre el público y determinados medios, entre los relatos personales y algunos relatos políticos.

No es lo único que pasó. Los dos dirigentes del Grupo A fueron arrinconados y derrotados. Y el partido del orden, la articulación entre Clarín y La Nación con la Iglesia Católica, perdió la hegemonía ideológica. A tal punto, que la base social del voto agrario, que también sabe sacar algunas cuentas, no sólo no se sumó a los dicterios de la Mesa de Enlace, sino que se inclinó claramente por la misma dirección que el resto de la sociedad. Por eso, cuando uno recorre las ciudades del interior (Paraná, por ejemplo) no puede creer que semejante cantidad de concesionarios de empresas automotrices puedan coexistir cuadra de por medio. ¿El motivo?: El dinero se gasta en vehículos y departamentos, por eso el precio de los usados y el metro cuadrado de construcción alcanzaron picos históricos.

En ese  punto comienza a quedar claro, en medio de una gigantesca crisis del capitalismo global, que la situación –más allá de la verdad estadística– permite otro horizonte. Dicho al galope. Un nuevo programa del partido del Estado, un nuevo proyecto de reformulación del bloque de clases dominantes, se ha vuelto posible y deseable. En muy pocas oportunidades históricas semejante debate puede llevarse a cabo, hoy no sólo se puede, sino que resulta casi inevitable.

Estas elecciones sirven para que las fuerzas retardatarias pierdan, reduzcan su eficacia neutralizante, pero impone a las otras una enorme responsabilidad histórica: moldear un nuevo programa, y el orden político que tal novedad requiere. No es responsabilidad exclusiva de Cristina Fernández alcanzar semejante objetivo, la sociedad civil no puede permanecer muda, pero resulta innegable que de su gobierno se espera el aporte mayor. Si así no fuera, en Brasilia dirán la última palabra. <

 

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